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El Perdón: El Rostro de la Misericordia en el Matrimonio

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Al recibir el Sacramento del Matrimonio, muchas veces nos quedamos con la ilusión romántica del “felices para siempre”. Sin embargo, la vida en la Iglesia Doméstica nos enseña que el verdadero amor no se sostiene sobre una felicidad automática, sino sobre la decisión heroica y cotidiana de cumplir el mandato de San Pablo:

“Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo.” (Colosenses 3, 13)

El matrimonio no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de la Gracia de Dios para superarlos. No se trata solo de ser felices, sino de santificarnos mutuamente a través de la convivencia diaria.

Santificarse en la Imperfección

A menudo pensamos que tenemos “problemas matrimoniales”, pero la sabiduría espiritual nos corrige: no existen problemas matrimoniales abstractos, existen personas en proceso de santificación que se unen en matrimonio.

Cuando nos casamos, unimos dos historias, dos familias de origen y dos caracteres distintos. Si a esta mezcla le sumamos nuestra naturaleza humana herida por el pecado original, la decepción es, en cierta medida, inevitable. Pero aquí radica la belleza del Sacramento: Dios no nos llama a ser perfectos para amarnos, sino a amarnos para perfeccionarnos.

Como nos recuerda la Escritura: “Sobre todo ámense de verdad unos a otros, pues el amor hace perdonar una multitud de pecados.” (1 Pedro 4, 8).

1. La Falsa Justicia

A menudo pensamos: “Si lo perdono tan rápido, volverá a hacerlo” o “Se va a salir con la suya”. Esta mentalidad convierte el hogar en un tribunal donde uno es el juez y el otro el acusado. Olvidamos que el perdón no significa justificar el mal ni decir que “no pasó nada”. Significa renunciar al derecho de venganza. En la familia cristiana, la misericordia debe triunfar siempre sobre este tipo de juicio humano calculador.

2. El Rencor como Castigo (La Ley del Hielo)

Es una de las armas más silenciosas y dañinas. Usamos la indiferencia, el silencio prolongado o los “malos gestos” para hacer que el cónyuge pague por su error. Creemos que estamos castigando al otro, pero en realidad, el rencor es un veneno que nos bebemos nosotros esperando que el otro muera.

San Pablo es tajante: Enójense, pero sin pecar; que el enojo no les dure hasta la puesta del sol, pues de otra manera se daría lugar al demonio. (Efesios 4, 26-27). Dormir con el enemigo del rencor solo crea muros más altos y difíciles de derribar al día siguiente.

3. El Orgullo y la Soberbia

A veces, la discusión ya terminó, pero nuestro “yo” herido sigue en pie de guerra. Preferimos tener la razón a tener paz. El orgullo nos impide pronunciar las palabras sanadoras: “Me equivoqu锓Lo siento” o “Te perdono”.

La soberbia levanta fortalezas; la humildad construye puentes. Recordemos que Jesús, siendo Dios, se humilló para lavar los pies de sus discípulos. ¿Quiénes somos nosotros para no bajar la cabeza ante quien juramos amar?

El Matrimonio: Signo del Amor de Cristo

Decir que el matrimonio es una “cruz pesada” o una “cárcel” es no comprender el plan de Dios. El matrimonio fue elevado a la dignidad de Sacramento.

San Pablo compara la unión de los esposos con la unión de Cristo y la Iglesia. Que la esposa, pues, se someta en todo a su marido, como la Iglesia se somete a Cristo. Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella. (Efesios 5, 24-25). Jesús no ama a una Iglesia inmaculada; ama a una Iglesia formada por pecadores, y se entrega por ella para santificarla.

Busquen lo que agrada al Señor. (Efesios 5, 10)

¿Cuántas veces debo perdonar?

La respuesta que Jesús le dio a Pedro sigue resonando hoy en nuestros hogares: “No te digo siete, sino setenta y siete veces” (Mateo 18, 22).

El perdón es la llave maestra de la familia cristiana. Sin embargo, perdonar no significa ignorar la realidad ni permitir situaciones que atenten contra la dignidad humana. El perdón tiene como fin sanar el alma y tender puentes para la conversión. Jesús nos enseña que la comunión fraterna es prioritaria, incluso antes que el culto:

“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano…” (Mateo 5, 23-24)

Una decisión de Amor

El matrimonio es una escuela de amor donde dos pecadores perdonados deciden no rendirse. Hoy te invitamos a mirar a tu esposo o esposa con los ojos de Dios: con compasión.

Que en nuestros hogares del MFC se viva la exhortación de Efesios 4, 32: “Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo.”


🙏 Oración para los Esposos

Señor Jesús, concédenos la gracia de perdonarnos como Tú nos perdonas. Que nuestro hogar sea un pequeño circulo donde el amor venza al orgullo. Ayúdanos a que nunca se ponga el sol sobre nuestro enojo y que, a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, nuestro amor sea cada día más fuerte, más paciente y más misericordioso. Amén.

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