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Objetivo general del MFC

  1. El MFC en su Estatuto Latinoamericano, señala su objetivo general, así:

“El Movimiento Familiar Cristiano es un movimiento de Iglesia, de ámbito latinoamericano, cuyo objetivo es la evangelización y la promoción de la familia, desarrollando sus valores humanos y cristianos, a fin de capacitarla para cumplir su misión de formadora de personas, educadora en la fe y promotora del bien común y defensora de la vida“.

1. La familia formadora de personas

  1. Si la persona es imagen creada suprema del Dios comunitario, formarla es ayudarla y sostenerla a que sea plenamente la imagen de ese Dios, impulsándola a su realización en la apertura a los demás. La persona se forma en un ambiente o comunidad de amor, en un ejercicio de amor, porque se le enseña a amar. Esto supone:
  • Ayudar y sostener a cada persona a que sea plenamente la imagen de Dios.
  • Descubrir, respetar y promover los valores individuales de cada uno de los integrantes de la familia.
  • Crear una nueva forma de educación para el amor desde la infancia.
  • Valorar a los jóvenes, considerándolos como personas y como signo profético de los tiempos.
  • Asumir, por parte de cada miembro de la familia, el papel de amor salvación que a cada uno corresponde dentro del hogar, de la sociedad y de la Iglesia.
  • Descubrir el hogar como comunidad de vida y de amor que educa para el amor.

2. La familia educadora en la fe

  1. Educar en la Fe es ayudar, sostener y orientar en el camino del encuentro interpersonal con Cristo, Amor del Padre manifestado a los hombres.

Al acentuar la vivencia del Sacramento del Matrimonio, la familia es verdaderamente la Iglesia Doméstica, que se proyecta como signo de salvación integral. Esto requiere una actitud permanente de conversión personal y que la educación en la fe sea coeducación entre padres e hijos, en un clima de amor y de diálogo.

  1. Para que la familia cumpla con su misión de educadora en la fe es necesario “dotarla de elementos que le restituyen su capacidad evangelizadora, de acuerdo con la Doctrina de la Iglesia (Familia, Medellín).

Educar en la fe es:

  • Ayudar, sostener y orientar en el camino del encuentro interpersonal con Cristo.
  • Acentuar la vivencia del Sacramento del Matrimonio.
  • Hacer de la familia una Iglesia Doméstica, signo de salvación integral.
  • Dotar a la familia de elementos que le restituyan su capacidad evangelizadora.

3. La familia, promotora del bien común

  1. El que la familia del MFC sea promotora del bien común implica un cambio en lo personal y en lo familiar para:

Ser promotora del bien común por medio de una conversión que implique:

  • Realizar un cambio en lo personal y lo familiar para cooperar en la transformación hacia el desarrollo integral, por medio de unas estructuras sociales más justas.
  • Integrar a la familia en la labor pastoral de la Iglesia y en el proceso de liberación de todas las esclavitudes que nos atan.

    4. Defensora de la vida

    Ser una familia defensora de la vida comienza con valorar la vida y la familia misma. No se defiende lo que no se valora, y esta valoración debe ser tanto intelectual como del corazón y la experiencia. Los testimonios son fundamentales para aprender a valorar el don de la vida y la familia. Es importante hacer visibles las alegrías y bienes que traen los hijos… como respuesta a la propaganda que los presenta como problemas.

    Libro de SUSUSU 

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    El Movimiento Familiar Cristiano: Una historia de amor, fe y compromiso que sigue viva

    NO DEJEN QUE SE APAGUE LA ANTORCHA DEL MFC

    PADRE PEDRO RICHARDS – FUNDADOR EL MFC

    Nacido del Espíritu… a través de la familia

    El Movimiento Familiar Cristiano (MFC) nació a orillas del Río de la Plata, en una época en la que la Iglesia comenzaba a sentir los primeros signos de transformación. En los años previos al Concilio Vaticano II, el Espíritu Santo ya inspiraba nuevas formas de presencia laical, y entre ellas, surgió esta propuesta pastoral inédita: una comunidad de familias que, desde su realidad cotidiana, decidía vivir su vocación como una auténtica misión evangelizadora.

    Corría la década de los 40 y 50, cuando algunos matrimonios y sacerdotes en Uruguay comenzaron a reunirse con el deseo de profundizar su fe, compartir la vida familiar, y encontrar caminos para anunciar el Evangelio en medio de los desafíos sociales y culturales de su tiempo. No se conformaban con una vivencia privada de la fe: querían ser Iglesia desde la familia y para la familia.

    Lo que comenzó como un pequeño grupo de reflexión y oración, pronto se transformó en un verdadero movimiento de renovación familiar, impulsado por el testimonio, el compromiso y el amor compartido.

    Una intuición profética

    Antes de que el Concilio Vaticano II hablara del papel del laicado, antes de que la Iglesia reconociera oficialmente la vocación del matrimonio como camino de santidad, el MFC ya vivía esa realidad. Con una intuición pastoral extraordinaria, el Movimiento promovió la espiritualidad conyugal, entendida como la experiencia concreta de Dios en el amor de la pareja, en la crianza de los hijos, en las decisiones de cada día.

    Además, incorporó a la mujer en espacios de formación y liderazgo, rompió con esquemas clericalistas y apostó por una estructura de corresponsabilidad entre matrimonios y sacerdotes, que trabajaban juntos, en equipo, con igualdad de voz y corazón pastoral.

    También supo ver la urgencia de acompañar a los novios y de preparar a los futuros matrimonios con seriedad, responsabilidad y cariño. Muchas diócesis del continente adoptaron esta metodología, basada en el diálogo, la oración, la revisión de vida y el compartir comunitario.

    Misión latinoamericana: la semilla se multiplica

    El mensaje del MFC no tardó en cruzar fronteras. Gracias al testimonio y al espíritu misionero de tres matrimonios uruguayos —los Soneira, los Gelsi y los Gallinal—, y del sacerdote Pedro Richards, el Movimiento fue sembrándose poco a poco en otros países: Argentina, Paraguay, Chile, México, Colombia, Venezuela…

    En cada nuevo lugar, nacían comunidades vivas, comprometidas, al servicio de las familias de su entorno. Se formaban equipos de base, se adaptaban materiales de formación, se organizaban encuentros nacionales. La semilla caía en tierra fértil.

    En 1957, esa expansión tomó forma institucional con la celebración del Primer Encuentro Latinoamericano del MFC en Montevideo, que reunió a los pioneros del Movimiento y dio origen al Secretariado para Latinoamérica (SPLA). Desde entonces, cada Encuentro Latinoamericano (ELA) ha sido un espacio de comunión, evaluación, formación y discernimiento, en el que se fortalecen los lazos y se definen las líneas comunes de acción.

    Un Movimiento que discierne con los signos de los tiempos

    Desde sus primeros años, el MFC ha vivido un proceso permanente de revisión, evaluación y actualización. Influido por los grandes acontecimientos eclesiales del continente —como el Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla y Santo Domingo—, el Movimiento ha procurado responder con fidelidad creativa a los nuevos desafíos de cada época.

    En 1979, durante la X Asamblea General Latinoamericana (AGLA) celebrada en Panamá, se vivió una revisión profunda del ser y quehacer del Movimiento. No se trató solo de renovar estructuras o métodos, sino de reafirmar la identidad y espiritualidad del MFC. Se actualizaron los documentos fundamentales, se redefinieron los objetivos, y se hizo una opción clara por:

    • Promover una espiritualidad encarnada en la vida cotidiana.
    • Fortalecer la formación integral de las familias, con una metodología que combina fe, reflexión y compromiso.
    • Incluir y acompañar también a familias incompletas, heridas o en situación de vulnerabilidad.
    • Trabajar por la justicia social y la transformación de la realidad, especialmente en contextos de pobreza, exclusión y violencia.

    Desde entonces, cada encuentro continental ha sido un nuevo paso en este camino de fidelidad dinámica, donde tradición y renovación van de la mano.

    Una comunidad de comunidades

    El MFC no es una gran organización, ni aspira a serlo. Más bien, es una comunidad de pequeñas comunidades: equipos de matrimonios, grupos de jóvenes, círculos de reflexión, equipos de trabajo… donde se vive la fe en familia, se comparten las alegrías y dolores de la vida cotidiana, y se construye comunidad desde el amor.

    Cada grupo base es un espacio privilegiado para crecer en el diálogo, la oración, la escucha, el compromiso con los demás. Allí se aprende a ser Iglesia desde abajo, a valorar la corresponsabilidad, a caminar juntos como hermanos.

    El Movimiento acompaña a los matrimonios en todas las etapas de su vida: desde los noviazgos jóvenes hasta las familias con hijos adultos. También extiende su misión a los jóvenes, a los niños, a los adultos mayores y a otras realidades familiares que necesitan contención, fe y esperanza.

    Hoy más que nunca, el MFC tiene sentido

    En un mundo marcado por la crisis de vínculos, la soledad, la fragilidad de los compromisos y la pérdida del sentido trascendente, el MFC se presenta como una alternativa vital: un espacio donde la familia no es vista como un ideal inalcanzable, sino como un proceso de crecimiento, perdón y comunión.

    El Movimiento sigue vivo porque sigue siendo necesario. Su misión está más vigente que nunca:

    • Ofrecer formación integral y permanente a las familias.
    • Sostener espacios de espiritualidad conyugal y familiar.
    • Promover la solidaridad y el compromiso social.
    • Ser lugar de acogida y acompañamiento para quienes buscan vivir su fe en comunidad.

    Una historia que continúa… contigo

    El MFC no es un museo del pasado, ni una estructura del ayer. Es una historia viva que se  renueva en cada familia, en cada equipo, en cada servicio pastoral.

    Detrás de sus iniciales, hay rostros concretos: matrimonios que se aman y luchan juntos, hijos que crecen en hogares llenos de fe, comunidades que oran y trabajan unidas, líderes que animan con alegría y generosidad.

    Hoy, más que nunca, necesitamos seguir escribiendo esta historia. Con tu tiempo, tu oración, tu testimonio, tu compromiso. Porque mientras haya una familia que reflexione, ore y actúe en comunidad, el MFC seguirá siendo una buena noticia para la Iglesia y para el mundo.

    LIBRO SUSUSU – SU HISTORIA